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De la ventana abierta
del caserón sombrío,
se oyó el vago sonido
de un hilo de tu voz.
Después se abrió la puerta
dejando ver tu cara,
brillaba en tu mirada
el filo de un adiós.
Y largaste, sin dejo de emoción,
como un vuelo de cuervos,
tu sermón:
“Ahora sé
que lo mejor es olvidarnos,
no quedarnos
atrapados en la red
de mentiras,
que tejimos con porfía;
nuestro amor es un suicida
que se tira del andén.
Y los dos
tenemos todo por delante,
Dios mediante
hallaremos otro amor
más honesto,
pero nunca como el nuestro.
¡Qué difícil es todo esto,
se me parte el corazón!”
Y se cerró la puerta
del caserón sombrío,
y se apagó el sonido
mezquino de tu voz.
Y se quedó desierta
mi sombra en esa calle,
y fui como un detalle
en un óleo de Van Gogh.
Y dejaste flotando entre los dos,
como un heraldo negro,
tu sermón.
“Ahora sé
que lo mejor es olvidarnos,
no quedarnos
atrapados en la red
de mentiras,
que tejimos con porfía;
nuestro amor es un suicida
que se tira del andén.
Y los dos
tenemos todo por delante,
Dios mediante
hallaremos otro amor
más honesto,
pero nunca como el nuestro.
¡Qué difícil es todo esto,
se me parte el corazón!”