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Me despierta un golpe seco.
La nave cruje, arde conmigo adentro.
Se desploma entre nubes de polvo y humo negro.
Alrededor solo ceniza: un océano gris que abarca todo.
Abro la escotilla. Huyo dejando que el vehículo
estalle en una enorme bola de fuego.
Caminar pesado. Cada paso hunde mis botas
de caballero sin armadura ni horizontes que alcanzar
en un lecho de silencio carbonizado.
No hay dunas, solo una planicie infinita
donde el viento trae olor a muerte y olvido.
Rodeado del infinito gris del desierto de ceniza,
un campamento improvisado.
Abandonado junto a un charco, un árbol raquítico,
y dos esqueletos sonrientes sentados cara a cara.
Uno sujeta un revólver oxidado,
encajado en la mano que apunta a una sien vacía.
El cráneo del otro con un agujero negro en la frente,
un túnel que atraviesa el hueso de lado a lado.
Me agacho. Puedo imaginar sus nombres,
¿Álvarez? ¿Arroyo? ¿Amigos?, ¿enemigos?, ¿hermanos?
Da igual. Solo dos cadáveres que nadie echa de menos;
que el tiempo hará de ellos ceniza o polvo. ¿Qué más da?
Escupo agua corrompida. Sabe a podrido.
Las moscas zumban hambrientas de mi carne.
Levanto la vista: un destello más allá del horizonte.
Un palpitar luminoso que me llama. Me insulta.
Me promete algo más que ceniza y agua malsana.
Sigo el brillo como una polilla idiota tras la luz
dejando surcos detrás. Huellas volátiles que el aire borrará.