Verde en el cruce de San Martín,
yo iba llegando, tú querías salir,
una moneda rodó hasta mis pies,
la levanté y preguntaste: “¿De dónde es?”
Ni tú sabías. Me dio por reír.
La guardaste y empezamos a seguir.
Primero una cuadra, después fueron tres,
hablando de todo sin saber muy bien de qué.
Mango en tu vaso, limón para mí,
probaste el mío y dijiste que sí—
mentira, esa cara te vendió.
Te quedaste con el mango.
Yo con los dos.
Verde.
Sigue.
Cruza si quieres.
Verde.
Sigue.
Yo voy también.
Pasamos la tienda que cierra a las seis,
el tipo de siempre contando al revés,
una bici rozándonos por un segundo,
tu mano en mi brazo, después cada uno.
Me cuentas que nunca contestas a tiempo,
que tienes tres plantas muriendo en invierno,
que cambias de ruta si empieza a llover,
que llevas seis meses queriendo aprender
a hacer no sé qué con arcilla y las manos—
te pierdo dos frases.
Pasa un autobús.
Retomas el tema
como si nada.
Y me gusta eso.
No sé en qué esquina
dejé de tener prisa.
Ni cuándo tu camino
se mezcló con el mío.
Todos los semáforos
nos dieron en verde,
y por primera vez
quise que alguno
no cambiara.
Seis y doce.
Otra avenida.
Tú por la sombra.
Yo por la orilla.
Cambias de acera.
Cambio también.
No fue planeado.
Se nota.
Está bien.
Cuando por fin preguntas hacia dónde voy,
miro la calle como buscando una razón.
Mi casa quedaba hace rato detrás;
la tuya, según tú, “un poco más allá”.
Nos paramos justo donde toca elegir:
derecha tú,
yo debería seguir.
El muñeco verde empieza a parpadear.
Cinco.
Cuatro.
Tres.
Te adelantas dos pasos,
te giras sin frenar:
“¿Vienes?”
El semáforo cambia a rojo.
Cruzo igual.