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Fueron meses de sombras, de puertas cerradas por fuera y por dentro, no por mandato de un juez, sino por miedo al acecho. Caminar por mi calle se volvió un tormento, evitando las trampas que habías sembrado en mi techo.
Me encerré en mi silencio para no darte motivos, mientras tú, con mil ojos, buscabas mi error. Inventaste denuncias, relatos ficticios y vivos, usando el miedo como arma de tu deshonor.
Te lo dije una vez, y el tiempo me dio la razón: me odiarías al ver que ya no tienes mi corazón. Y en tu afán de dañarme, de hacerme desaparecer, te volviste el fantasma que yo ya no quiero ver.
Difámame, amor, si eso calma tu herida, que el tiempo es el juez que no se deja engañar. Podrás inventar mil escenas de falsa medida, pero mi honor es un muro que no vas a derribar. Me odias más y más porque sigo de pie, aunque el miedo fue el aire que un día respiré.
Hablas de daños que solo en tu mente ocurrieron, buscas videos y fotos que el viento jamás te dará. Tus cámaras vigilan los pasos que nunca se dieron, porque el hombre que buscas, hace mucho que ya no está. Me quitaste la calma, me obligaste al retiro, pero no me quitaste el valor de volver a empezar.
Aquel marzo oscuro hoy se empieza a aclarar, la verdad no se grita, se deja brillar. Usaste el derecho como un dardo de acero, pero no hay ley que castigue a un amor verdadero.
Quédate con tu ruido y tus falsas victorias, yo salgo a la calle a escribir mis nuevas historias. Ya no tengo miedo, ya no hay más disfraz, yo me quedo con mi arte... y al fin tengo paz.