Esa noche no dormí,
las luces del cuarto se fueron.
En la mesa un café frío,
y el eco de todo lo que no entiendo.
Mi padre ya no llamaba,
mi fe se escondió también.
Grité tu nombre entre lágrimas,
y solo el viento respondió: “¿y si sigo ahí?”
No tenía fuerzas, ni ganas de orar,
solo me quedé sentado, mirando el mar.
Y ahí, en la orilla sintiendo solo dolor,
cuando no sabía ni quién soy,
escuché tu voz quebrando mi silencio.
No llegaste con razón,
ni con regaño ni sermón,
solo estabas… cuando creí que ya no.
Te busqué en los templos,
pero estabas en mi casa vacía.
En la canción que olvidé cantar,
en la mirada de mi madre un día.
Todo lo que perdí,
me trajo justo hasta ti.
Y entendí que no te encuentro,
tú siempre me esperas aquí.
No me hablaste con palabras,
solo con calma que llenaba.
Y supe que sigues conmigo,
aunque no te entiendo a veces.
Y ahí, en la orilla sintiendo solo dolor,
cuando no sabía ni quién soy,
me miraste sin pedirme perfección.
No llegaste con razón,
ni con regaño ni sermón,
solo estabas… y eso me bastó.