Julia Pt. 6b-Daniel Donamaria

Julia Pt. 6b

时间:2024-12-23

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歌词

-Si te soy sincera, la verdad es que no me acuerdo de nada.

Pero Paula no se fue, ni se amedrentó ante el recibimiento que le propuso mi hija ni ante mi estática sorpresa. Fue caminando lentamente por la casa, mirando cada objeto como si fuera la primera vez que lo veía. Se detuvo en el modular, para observar las fotos de mis padres, las mías, de mi esposa, mi hija pequeña, de Nueva York. Apenas hablaba o pedía información sobre esto o aquello. Pasaba su mano suave sobre las sillas de la mesa principal de la sala. Su mano era más que una caricia, un descubrimiento. Tocaba las cosas como para conocerlas, o en su caso como para reconocerlas, no tanto como para incorporarlas a su vida, sino como para traerlas desde su recuerdo.

Luego pasamos a la habitación del piano. Mi pobre piano tan abandonado que apenas podía tocar de lo desafinado que estaba. Y se lo aclaré.

-No te digo que toques algo. El pobre Breyer está imposible.

Me miró con una sonrisa en los ojos y en los labios.

-No te preocupes- dijo. -No podría tocar nada. No volví a sentarme frente a un piano desde que vos te fuiste.

La miré con sorpresa y con algo de reproche. Era una pena desperdiciar semejante talento.

-Pero… ¿cómo?-fue lo único que atiné a decirle.

Paula hizo un gesto con la mano, como si espantara moscas:

-Ya habrá tiempo para que te cuente todo. Pasaron muchas cosas.

No le dije nada pero no habría demasiado tiempo. En tres días ya me habría vuelto a la capital y el pueblo sería apenas un recuerdo. Sólo me quedaría regresar cuando la casa de mis padres estuviera vendida, algo para lo que no se había hecho ningún avance. Según mi esposa, los de la inmobiliaria local le habían dicho que vender semejante caserón era poco menos que imposible. En fin, ya habría tiempo para todo eso. Paula me miraba reflexionar en silencio, con una paciencia que no le conocía.

-Lo que sí me gustaría es oírte tocar algo.

-Pero está desafinadísimo.

-No importa.

-Intocable.

-Intocable para mí, seguro que no para vos.

Volví a mirarla para retener su imagen actual y compararla con la de mi recuerdo. Su pelo corto, su cara redonda y blanca. Su físico era exquisito como si lo hubiera macerado con los años. Y, además, ahora usaba anteojos.

-¿Y?- preguntó. -¿Vas a tocar algo o a sacarme una foto?

Solté una carcajada.

-Perdón.

No valía la pena seguir negándome así que levanté la tapa del piano, acomodando el soporte a la altura media. Me senté, moví el cuello para relajarme. Me masajeé los dedos lentamente. Realicé todo el ritual, como si estuviera a punto de dar un concierto y toqué Sueño de amor de Liszt, aquella misma pieza con la que quise impresionarla cuando tenía trece años. Los arpegios en el piano, sonaban espantosos, tanto que en un momento iba a dejar de tocar, pero vi que Paula me miraba entretenida y continué. De hecho mi hija había abandonado la cocina y estaba parada junto a ella. Yo iba atacando cada parte con fuerza, tratando de que el oído me liberara de escuchar la realidad y me trasladara a algunos momentos más exquisitos, como el piano Steinway de alguna sala de conciertos de Viena o de Praga. Y que me trasladara también a mis años adolescentes. A Paula. Ella estaba tan hermosa y radiante como entonces, no parecía haber abandonado aquellos años. Mi hija nos miraba. Un poco a mí. Un poco a la intrusa. Paula no me quitaba los ojos de encima, pero había apoyado una mano sobre el hombro de Julia, que curiosamente no se había quitado. Mi hija se dejaba abrazar suavemente por una desconocida y yo comenzaba la reexposición del motivo principal del nocturno. Cuando terminé de tocar, la primera que habló fue mi hija:

-Beautiful, dad.

A ella le encantaba escucharme. Desde pequeña soportaba mis ejercicios, mis errores de expresión, mis conciertos, y todo con una concentración impropia de su edad.

-Escuchaste mejores versiones-le dije.

La niña se encogió de hombros, se deshizo del abrazo de mi antigua amiga y volvió rumbo a la cocina a terminar de preparar el puchero que yo prácticamente había abandonado. Paula tenía los ojos llenos de lágrimas. Iba a disculparme por el piano, pero no lo hice. No quería romper el clima.

-¿Te acordás?- le pregunté.

-¿Qué?- dijo ella y luego agregó conmovida: -no, no me acuerdo de nada.

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