
时间:2026-09-01
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Se cayó el que no se caía.
Se cayó la tierra encima.
Y ahora pretenden
que también se caiga el paño.
No.
Había un hombre sentado demasiado tiempo
en una silla que ya no era silla: era un féretro con himno.
Se acabó el decreto eterno, se acabó el “aquí no pasa”,
y el pueblo sacó el aire que tenía en la casa.
No vengo a brindar con el que apretó el gatillo de afuera.
El tirano se fue; eso no te hace dueño de la era.
Hay fiesta y hay silencio. Las dos cosas son ciertas.
Hay quien abraza al vecino y hay quien ya cotiza la puerta.
Yo miro a los que se fueron con una maleta flaca
y a los que se quedaron con la olla y la hamaca.
Si esto es esperanza, que no sea de vitrina:
que vuelva el que quiera volver sin pedir permiso a otra esquina.
Amarillo, azul y rojo.
No se alquila. No se canjea.
Si pretenden otra tela
pa’ demostrar que ellos mandan,
que sepan: la bandera
no es souvenir de campaña.
Es madre. Es mapa. Es herida.
Y no se arria.
Después vino el suelo y habló sin discurso.
Siete punto dos, siete punto cinco, y el concreto se hizo pulso.
Caracas y La Guaira con el cielo por techo,
mil setecientos nombres y una cola en el lecho.
El terremoto no pregunta carnet ni partido.
Tumba al que tenía nada y al que tenía olvido.
Vi manos sacando escombro sin esperar un cargo,
vi perros, vi vecinos, vi a Dios hecho de barro.
Eso también es patria: el que cava cuando duele,
no el que llega con cámara cuando el polvo se seque.
Si hay esperanza, empieza en la losa partida,
en el vaso de agua, en la placa no inscrita.
Los muertos no se usan pa’ un mitin ni pa’ un tweet.
Se nombran. Se entierran. Se les debe un país que aguante el temblor
sin que se caiga otra vez por la misma corrupción.
Un dictador menos
no es un pueblo más.
Si entra otro con otra bandera
seguimos en el mismo gas.
La silla vacía
no se llena con petróleo ajeno.
Se llena con voto,
con pan
y con terreno.
Dicen “vamos a correr el país”. Bonito verbo.
Correr se parece a huir y también a ser dueño del censo.
Vi estrellas que no son las nuestras ondeando en la acera
como si el tricolor fuera un trapo de espera.
Si alguien habló de cambiar el paño por otro más famoso,
que oiga: Bolívar no cabe en un mástil prestado y costoso.
Ocho estrellas. Cielo de julio. Amarillo que es pueblo,
azul que es agua, rojo que es sangre, no logo de arreglo.
Puedes tumbar a un hombre. No tumba’ una memoria.
Puedes administrar un pozo. No administras la historia.
La esperanza no es que nos salvó un señor del norte.
La esperanza es que aprendimos lo que cuesta el corte:
ni caudillo eterno ni tutor con facturas.
República. Mesa. Escuela. Y urnas.
Que vuelvan los hijos sin que les cobren la aduana del alma.
Que haya luz sin discurso. Que el hospital no sea fama.
Que el que cava escombros tenga techo antes que slogan.
Eso es más patria que un himno en inglés en la aduana.
Amarillo, azul y rojo.
Aunque tiembla. Aunque duele.
Aunque el poderoso pose
y el débil se arrodille.
Esta tela no se vende
ni se cambia en entrevista.
Somos pueblo, no protectorado.
Somos casa, no conquista.
Si hay cielo después de esto,
que sea este:
el mismo de siempre,
con las estrellas
que ya teníamos.
Y que el gurrufío
gire
sin que nadie
jale la cuerda
desde afuera.