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Del trueno nací, del miedo también,
fui chispa en la sombra, negado a caer.
El eco del cielo jamás me llamó,
y el “maldito anciano” mi orgullo quebró.
Luché entre destellos buscando su fe,
su voz era acero, su juicio una ley.
Mientras el débil temblaba al azar,
yo solo quería… brillar.
Pero el rayo sagrado no quiso arder,
su forma primera jamás dominé.
Jurando ser digno, maldije el altar,
la gloria no espera, se debe tomar.
El poder me observa, me ofrece su piel,
la noche susurra: “Renuncia a ser él”.
¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHH!!!
¡Soy el relámpago que el cielo negó!
¡Fui devorado por lo que creó!
El trueno me odia, la luz me traiciona,
mi sangre bendice la sombra que entona.
El miedo me halló, con rostro sereno,
me habló del poder, del fin y del trueno.
Acepté su ofrenda, rompí mi piedad,
mi cuerpo se alzó sin humanidad.
Sentí que mi carne ardía en dolor,
la fe me dejaba, quedaba el rencor.
El “maldito anciano” murió en mi voz,
su eco me implora… y callo a Dios.
La noche me dio su eterno fulgor,
cinco posturas, dominio y honor.
El cobarde dormía, llorando en su fe,
el trueno temblaba… ¡y yo lo arranqué!
El destino lo trajo ante mí otra vez,
ya no era el llanto, ni miedo, ni tez.
Su mirada era fuego, su paso temblor,
pero en su silencio… sentí el temor.
Le dije entre risas:
“¿Aún usas la misma forma, cobarde menor?
Solo sabes una, la más inferior.”
Y el trueno calló… antes del error.
Su espada brilló como el sol en dolor,
y el aire tembló con antiguo fulgor.
Mis cinco rugieron, la noche estalló,
mas su una postura… todo quebró.
¡Mis rayos chocaron con su devoción!
¡Mi fuerza rugía, su alma tembló!
Pero el cielo guardaba un golpe final,
un trueno distinto, un rayo mortal.
Entonces lo vi… su cuerpo danzó,
el aire partía, la sombra ardió.
Una forma oculta, jamás enseñó,
una “séptima llama”… que él creó.
El odio me quema, ¿por qué él la halló?
¿El “maldito anciano” se la entregó?
Mi grito retumba, mi mente estalló,
¡esa postura… debió ser yo!
¿Dónde quedó mi poder, mi razón?
¿Dónde el respeto, la maldición?
Creí ser relámpago, fui destrucción,
pero su pureza cortó mi ambición.
Cinco rugidos no bastan, lo sé,
su trueno me envuelve, no puedo correr.
Caigo entre rayos, mi orgullo se va,
y en su mirada… solo hay piedad.
¡Soy el relámpago que el cielo negó!
¡Mi furia se apaga, mi odio cayó!
Él no me odia, ni busca venganza,
solo me mira… con fe y templanza.
El trueno calló…