Julia Pt. 7-Daniel Donamaria

Julia Pt. 7

时间:2024-12-23

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歌词

De adolescente su memoria era admirable. Tocaba con partitura sólo las dos primeras lecturas y luego ya lo recordaba todo. Ambos teníamos oído absoluto, pero era mucho más capaz que yo a la hora de memorizar, de una primera escucha, temas, motivos, cadencias. Está claro que no podría transcribir el salmo de Allegri de una sola escucha, no era Mozart, pero era capaz de rearmonizar cualquier música que escuchara por primera vez en la radio o donde fuera. Yo nunca pude lograr nada parecido.“No me dejan” empezaba su última carta. No es que no lo hubiéramos hablado, lo habíamos hablado tanto y lo sabíamos. Y no abrigábamos demasiadas esperanzas. “Ojalá tuviera tus padres, los míos son tan viejos, tan cobardes. Y mi hermana tampoco quiere separarse de mi. No me ayudó nunca en nada. Está celosa de vos, de nosotros. Todos están celosos, es como si nos odiaran”. Y así seguía. Quizás fuera mi impresión, pero el trazo de su letra parecía más grueso en algunos párrafos, como si los hubiera escrito así a propósito para dar impresión de su furia, de su desprecio, o simplemente de su tristeza o desilusión. Scarabini, mi profesor de la capital, había logrado que me aceptasen en los cursos superiores del Conservatorio Nacional para recibirme de concertista, de modo de poder reclamar legalmente la beca en la Juilliard con sólo cursar uno o dos años (finalmente fue sólo uno). Hasta me habían preparado un concierto de presentación con la orquesta en el aula magna. Ella debería empezar de cero, pero no habría problema. Habíamos hecho tantos planes. Dónde viviríamos juntos por primera vez. Luego lo de la beca, que descontaba conseguir, iríamos a vivir a Nueva York. En qué horario estudiaría cada uno. Yo estaba dispuesto a ayudarla, como la ayudaba con sus exámenes. Mis padres habían dicho que ellos se encargarían de pagarnos el alquiler y el traslado de uno de los pianos. Incluso mi madre se había ofrecido a vivir las primeras semanas con nosotros, mientras durasen las vacaciones, así podría ayudarnos a establecernos. De hecho parecían algo aliviados de que me fuera a vivir al exterior porque, aunque nunca hubieran participado en política ni yo me hubiera manifestado al respecto, el salvajismo de la dictadura que gobernaba el país y el hecho que yo fuera joven, con todo lo que esto implicaba, los tenía un poco asustados.El último momento que compartimos fue el concierto de colación. El mío, porque a Paula todavía le faltaban dos años. No es que me negué a tocar si ella no participaba, una barbaridad, porque había sala llena, pero sí exigí que se incluyeran en el programa las Tres piezas en forma de pera de Erik Satie. Se trataba de una obra sencilla, tan lejos del virtuosismo que impicaba la Sonata en si menor de Liszt conque cerraría el concierto, pero había sido la primera obra que tocamos a cuatro manos después de aquella improvisación el día que nos conocimos. Además era como burlarnos de todos un poco. Todos esperaban derroche de notas, arpegios, acordes; nosotros le entregábamos simpleza e ironía. Si íbamos a separarnos que todos notaran lo que se hacía, el daño que estaban haciendo. Son todos unos burros, le decía yo. Y le decía también que ella siempre había sido más talentosa que yo, sólo que yo había tenido más ayuda o estimulación. Es que el talento necesita ser estimulado. Aunque el estímulo no dependa siempre de lo mismo, porque somos todos distintos. Puede que a algunos el ambiente hostil los haga florecer, pero un acompañamiento siempre suele ser lo más efectivo. Y Paula no lo tuvo. Sus padres, mayores, severos y religiosos, no consideraban que una mujer debiera tener más carrera que su matrimonio y sus hijas eran todavía demasiado jovencitas como para pensar en ello. La flor de la magia que yo vi en Paula, se fue deshojando con los años, que si bien no fueron de una hostilidad marcada, sí navegaron entre la indiferencia y las pequeñas trabas que hasta los maestros del Conservatorio del pueblo le imponían. Así recibimos las luces por última vez. Avanzando en silencio cada uno hacia su asiento. Le cedí los agudos, por supuesto, como aquella primera vez. Cada uno acomodó su silla. Nos miramos e inspiramos a un mismo tiempo. Toqué los primeros acordes suavemente al tiempo que Paula desplegaba la melodía con dulzura. Cerramos la primera frase y vi cómo Paula, absolutamente concentrada en la interpretación atacaba el segundo tema. Mientras tocábamos yo la observaba hacer, quizás poco consciente de que aquella sería la última vez. Incluso, la última vez que la vería. A ella, no a su hermana, quien vino con la carta después del concierto. Esa carta en la que me decía que sus padres no la dejarían venir conmigo a la ciudad. Yo era algo mayor. Cumpliría dieciocho en enero. Paula apenas había cumplido dieciséis en junio. Hoy, viéndolo a la distancia, con una hija que a punto está de tener esa edad, no me parece tan descabellada la decisión de sus padres.Sobre todo teniendo en cuenta el momento político que vivía el país...

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