Lejos, en los ojos del ocaso, en los rizos del mar
se dibuja el vuelo de una mariposa.
Tiene unas alas tan hermosas que su simple mirar
vuelve verso lo que un día no era más que prosa.
Le sigo el rumbo y no sé donde va (¿Dónde irá? No sé),
sigo su rumbo y de pronto no está.
Volverá
la sonrisa a mi cara;
Fijo que nunca lo hará
de una forma tan clara
pues perdí la inocencia que me bloqueaba.
Cambiará
su cabeza de almohada,
su cuerpo se quedará
sin pared, sin espada,
sin rescoldo, sin brisa que avive la llama.
Cerca de los labios de la luna se divisa un lunar
y en su lecho brota el néctar de una diosa.
Bebo de su copa y me corto con el filo del cristal,
se desliza entre mis manos temblorosas.
Se divide en pedazos, la intento arreglar.
Recojo los trozos, me vuelvo a cortar.
Me encuentro una amapola,
la recojo y la acerco pa oler.
La estrujo entre los dedos,
la deshojo y la dejo caer.
Y yo la dejé caer...
Reaccionaré a la galbana,
de entre la resaca me alzaré.
Recobraré mi camino,
mi propio destino al fuego forjaré.
Escalaré mis montañas,
mis propias batallas libraré.
Me construiré una cabaña
entre las entrañas de un precioso clavel.
De treinta y dos primaveras
conté nueve enteras a sus pies.
No esperaré en su parada,
si está interesada mi mano tenderé.
Me lameré las heridas,
las más doloridas coseré.
Desliaré las marañas
que aprietan con saña; mis manos libraré.
Descorreré los cerrojos,
otros, a mi antojo, cerraré.
Rebuscaré en los despojos,
si encuentro rastrojos, luego los quemaré.
Acudiré a las llamadas
de mis camaradas donde estén.
Me apoyaré en los peldaños
de mis aledaños y al cielo subiré.
Recordaré cada fallo,
el doble de sabio yo me haré.
Escucharé al perro viejo:
el mosto, el hollejo, todo me tragaré.
Ignoraré las querellas,
bajo las estrellas dormiré.
Me aprenderé el firmamento,
llegado el momento, el norte encontraré.
Lejos, en los ojos del ocaso, en los rizos del mar...